¿Combustibles o Comestibles?: La verdad sobre los agrocombustibles

Escrito por: | Categoría: Temas Globales. | Fecha: 24-08-2007

La creciente emisión de gases en los países industrializados que ha creado y profundizado el llamado efecto invernadero, el aumento en varios grados de la temperatura global, la posibilidad de que en un futuro medianamente cercano se agoten las reservas petroleras del mundo y su alto costo ha despertado interés en la búsqueda de vías alternativas para producir energía.

Los principales centros de poder miran hacia los combustibles producidos por alimentos como la solución a los problemas ambientales generados por el excesivo consumo de hidrocarburos y el remedio para evitar una crisis de desabastecimiento mundial de combustibles que seguramente provocaría una catástrofe sin precedentes.

Los denominados biocombustibles producirían energía limpia disminuyendo considerablemente la emisión de gases y el calentamiento global. Tienen un costo menor al petróleo con lo que se abarataría la vida del ser humano. Y lo mas importante, pueden convertirse en un producto de exportación para muchos países, sobretodo de América Latina, generando desarrollo económico en la región.

Visto desde ese ángulo los biocombustibles, como su nombre lo dice, serian combustibles para la vida de los más pobres y terminaría matando varios pájaros de un tiro: el calentamiento global, la pobreza y la crisis energética mundial. Pero, ¿será verdad tanta belleza? ¿Son los combustibles obtenidos a través de alimentos la solución a un problema que amenaza la existencia misma de la especie humana?

Comencemos por el principio. La denominación de biocombustibles no es la más correcta. Estos son combustibles renovables de origen biológico, que incluye a la leña, el carbón, el bioalcohol, estiércol, biogás, biohidrogeno, biomasa microbiana, desechos agrícolas, etc.… (Hazel y Pachauri, 2006). Mientras, que los agrocombustibles, según los define el Foro Mundial de la Soberanía Alimentaria (Nyéléni, Malí, 23 al 27 de febrero de 2007) “son biocombustibles obtenidos a través de monocultivos tales como la caña de azúcar, el maíz, la soja, la palma africana, entre otros.”

Aclarados los conceptos, entremos en materia. Un mundo con altos índices de subnutricion y en donde cada día mueren millones de personas por falta de comida, se dispone a usar su insuficiente producción alimentaria para alimentar automóviles. Los comestibles se convertirán en combustibles. Así como lee.

Partiendo de esta premisa conceptual lo mas adecuado es llamar agrocombustibles a esta siniestra fuente de energía que, de concretar el deseo del presidente norteamericano G. W. Bush, puede dar al traste con la supervivencia del ser humano y la existencia del planeta. A continuación las pruebas.

Se le atribuye una “emisión cero” a la quema de agrocombustibles, ya que en virtud del ciclo natural del carbono, éste es reabsorbido en los cultivos. Por lo tanto, toda sustitución de combustibles fósiles por estos nuevos combustibles renovables implica una reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Ahora bien, en el proceso de producción de los agrocombustibles, sobretodo en el etanol de caña de azúcar o maíz, se advierten distintos efectos negativos al ambiente tan dañinos como la emisión de gases. Reducción de la biodiversidad al utilizar las áreas naturales para la producción de combustibles; contaminación del suelo y las aguas a través del uso de fertilizantes agroquímicos; alteración y degeneración del suelo en la fijación de nitrógeno y fosfatos provocando su rápida erosión.

Y lo más peligroso para las futuras generaciones: las grandes cantidades de agua que se utilizan para cultivar caña, palma africana o maíz. Muchas regiones del planeta sufren una escasez severa de agua, viviendo con menos de 500 metros cúbicos por persona por año. Cada vez son más las regiones que padecen la falta crónica del vital elemento.

Según las estadísticas del Consejo Mundial del Agua (WWC, por sus siglas en inglés), se estima que para el 2015 el número de habitantes afectados por esta grave situación se eleve a 3 500 millones de personas. Eso solo con una producción de agrocombustibles equivalente al 3% del consumo mundial de energía. Imaginemos la gran crisis y los grandes conflictos sociales y bélicos que se darán en el mundo por agua si cumpliéramos el propósito del mandatario norteamericano de que el 10% de los combustibles consumidos en 2020 sean hechos en base a alimentos como el maíz, la soja o la caña de azúcar.

Contemos ahora que pasaría con la demanda de alimentos en el mundo. Son ya casi insostenibles las tensiones en los países productores de alimentos entre los que se destinan al consumo interno y los que se exportan. Para muestra otro dato: en los países de América Latina que se dedican fundamentalmente a la exportación de alimento (Honduras, Costa Rica, Nicaragua, Guatemala y Paraguay) el nivel de subnutricion de sus habitantes supera en promedio el 10%, mientras que sacan a la exportación alrededor de un 40% de los alimentos que producen (FAO 2007).

Pensemos por un momento, que pasaría en esos países y en otros muchos que están explorando la posibilidad de dedicarse a la producción de agrocombustibles; indiscutiblemente que las hambrunas y los conflictos sociales serian de dimensiones inconmensurables, agravando los niveles de pobreza extrema e indigencia en el mundo.

Todo ello sin medir otro efecto colateral: la producción intensiva de agrocombustibles traería de vuelta la obsoleta agricultura de monocultivo, con la consecuente crecida del desempleo en las temporadas en que no se produzcan la caña, el maíz o la soja. Por todos es sabido que sin rotación de cultivos no hay rendimientos elevados posibles.

Sin duda que la producción masiva de agrocombustibles es insustentable. Según un informe del Earth Policy Institute “la cantidad de cereal que se necesita para llenar un tanque de 25 galones con etanol una sola vez alcanza para alimentar a una persona en un año entero. Por eso, la competencia por alimentos entre los 800 millones de vehículos y los 2,000 millones de personas mas pobres que hay en el mundo puede conducir a revueltas populares” concluye el informe. Cualquier comentario sobra.

Que los agrocombustibles contribuyen a eliminar nuestra dependencia del petróleo es otro gran mito. En primer lugar, el desarrollo de los agrocombustibles no tiene ningún sentido energético: para producir etanol de maíz, por ejemplo, se necesita más petróleo. En cifras elocuentes: para producir una kilocaloría de etanol de maíz, hay que gastar 1,34 kilocalorías de petróleo.

Otro dato: un galón de etanol equivale a 0,21 galones de gasolina, es decir, que para sustituir un galón de gasolina harían falta casi cinco galones de etanol. Lo cual es lo mismo que decir: más combustible para los vehículos y menos comestible para la gente.

Tomando en cuenta que en un kilómetro cuadrado se producen unos 106 galones de etanol anualmente, para satisfacer la demanda de combustible de los siete países mas industrializados en el mundo (Estados Unidos, China, Japón, Alemania, Francia, Rusia e Inglaterra) habría que sembrar cada año siete veces el territorio de Estados Unidos, más la mitad del europeo. Sin duda una locura.

La poca productividad del etanol y el alto costo social, político y económico que deberá pagar el mundo por ello, no compensarían el incremento anual en la demanda global de petróleo. Otro dato revelador: los 147 millones de toneladas de agrocombustibles que se producen en el mundo al día de hoy, solo constituyen el 3% del consumo energético mundial.

Como vemos la medicina de los agrocombustibles podría terminar empeorando el mal de un ambiente contaminado, unas altas temperaturas que amenazan a la especie y la gran crisis global energética que pende sobre nuestras cabezas como la espada de Damocles.

Digámoslo claro. El calentamiento global y un posible desabastecimiento mundial de petróleo solo pueden ser detenidos si los seres humanos empezamos a cambiar un modo de vida orientado al consumismo extremo. The American way of life, modelo de vida del hombre y la mujer occidentales caracterizado por un alto consumo energético, es insostenible y amenaza con la supervivencia de la especie humana.

Claro, la vía fácil para evitar una catástrofe mundial sin que afecte un negocio que, como el de la crisis energética, tiene un potencial que asciende a los 100 billones de dólares para las grandes corporaciones de alimentación y petróleo, es buscar fuentes alternativas al petróleo que sean de fácil acceso sin tocar el lucrativo modus vivendi del ser humano.

Conocidos estos datos no nos sorprende que no se nos anime desde los grandes centros del poder político, financiero y mediático a recortar nuestros hábitos de consumo excesivo. No debe ser sorpresa para nadie que no se haga énfasis en que The American way of life esta caduco.

Adoptando modelos de austeridad y masificando las tecnologías del bajo consumo energético se ahorrarían miles de millones de dólares anualmente con la consecuente parada del calentamiento global. Otro dato: si cambiásemos todas las bombillas incandescentes del mundo por fluorescentes ahorraríamos un 75% de la energía consumida en ese rublo.

El fomento a nivel global de sistemas de transporte masivo, para lo cual los organismos financieros y de cooperación internacionales pudieran disponer de programas ayuda, ahorrarían grandes cantidades de combustibles que muchos ciudadanos del mundo queman a diario para ir a sus lugares de trabajo por la ineficiencia del transporte en las grandes ciudades.

El dilema entre alimentos o combustibles a que nos quieren someter las potencias hegemónicas y las grandes corporaciones globales solo nos puede llevar a la desaparición de la especie.

No quiero alarmar a nadie, a los hechos me remito.